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El Dificil Arte de Socializar

Ya hemos afirmado en otras ocasiones que hablar es un arte y un arte necesaria para el crecimiento de nuestros hijos, pero no podemos olvidar que un arte aún más fino es “socializar”.

Cuando un hijo regresa de la escuela abatido, con la cara de un adulto apenas despedido, hay buenas probabilidades de que haya sufrido algún abuso de naturaleza social. Los altibajos de las relaciones con los amigos, con el grupo de los iguales y con los rivales, preocupan intensamente a todos los niños y muchachos en edad escolar, aunque hay algunos que administran el stress mejor que otros. Pocos piensan en eso, más los niños deben aprender en poco tiempo una cantidad impresionante de habilidades entre las que se encuentran: entender a los otros, resolver conflictos interpersonales sin apelar a la agresividad, observar su propio comportamiento mientras se relaciona o interactúa con alguien, construir y mantener una buena imagen pública y proponerse a los demás de forma adecuada, cooperar y trabajar con los otros, en grupo o en equipo, interpretar los episodios sociales, las acciones y los gestos de los demás. Es una tarea enorme y son demasiados los adultos incapaces de convivir con esto.

Por suerte, cada cual nace con un determinado bagaje de capacidades sociales de base, pero hace falta un eficaz control de la atención para evitar cometer actos impulsivos que arriesgan a los amigos. Quien se equivoca es condenado a la marginación y a la soledad.

 

 

"Durante la adolescencia,
estar en grupo no
es solo un placer. El grupo
provee al individuo
de una especie de armadura
protectora"

 

Juntos están listos para decir o hacer cosas que solos no dirían ni harían jamás. Es típico de los adolescentes estar agobiados por miedos y por ansias que el grupo temporalmente cancela. Ya desde la primaria, los niños consolidan las amistades, están capacitados para telefonear a los amigos y de tener discusiones serias con ellos o acerca de ellos. En esta fase, puede hacer su aparición la “chulería”.

 

Los padres deben lograr entender cuándo el hijo está adquiriendo una fama negativa, ha sido marginado o sufre abusos. Los padres tienen el derecho y el deber de informar a la escuela si el hijo sistemáticamente es ignorado o pasó a ser el blanco de mofas, amenazas o actos de chulería e intervenir con decisión.

En los últimos años de la primaria y secundaria, los muchachos son profundamente conscientes del alcance y la crueldad de los juicios que hacen contra ellos. Muchos están siempre atentos por miedo a ser desatendidos o rechazados. Se ven obligados a cuidar cada uno de sus gestos, su vestuario o peinado. Es como vivir bajo una tiranía donde los tiranos son sus propios compañeros. En las clases medias y altas, la tiranía amenaza constantemente provocando el desplome de la autoestima, aunque muchos deciden ser ellos mismos y resistir el desafío.

Los padres deben ofrecer a los hijos un apoyo comprensivo, haciéndoles entender que pueden contar con ellos como adultos confiándoles sus dificultades y dilemas, prácticamente diarios, salidos de sus experiencias sociales. Los padres deben ser guías para los hijos y conjuntamente con la escuela. Por ejemplo, se pueden proponer algunas de las técnicas preferidas por Don Bosco: uno o más estudiantes populares pueden “adoptar” a un compañero, rechazado por los demás. Esta estrategia dará más resultado, si el muchacho que hace de tutor es mayor.

No hay que olvidar que deben ser sostenidos y animados sobre todo los niños y muchachos que declaran querer seguir sus propias inclinaciones y los que están dispuestos a remar contra la corriente del conformismo social. Es más, sería oportuno que todos fueran estimulados a probar hacerlo porque un cierto grado de independencia social es siempre benéfico.

Laura, una niña de once años, fue llevada por sus padres a un pediatra y éste quería recetarle remedios porque tenía un comportamiento social “no conforme”. Amaba quedarse a solas, indiferente a los juicios ajenos. Cuando le pregunté el motivo me contestó: “porque soy original y me gusta serlo. Me gusta sentarme sola sobre aquel peñasco a leer poesías. Estoy hecha así. La gente piensa que soy rara, pero no es verdad. Solamente soy original y hago lo que me gusta. Lo que me receten me hará volverme como los demás y yo solo quiero ser yo misma”.

Si a veces a su hijo le gusta leer poesías, anímenlo a que lo haga. Si a su hija de trece años le gusta coleccionar mariposas y los demás piensan que es una excéntrica o una boba, anímela a ampliar su colección. Dejemos que nuestros hijos afirmen su personalidad animando su individualidad y alabando sus valores.

Fuente: externa Boletin Salesiano

 
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